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Flor Pucarina: “La Faraona del Cantar Wanka”, desarraigo, angustia y retorno

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El exilio es la cesación del contacto
con un follaje y de una raigambre con el aire
y la tierra connaturales;
es como el brusco final de un amor,
es como una muerte inconcebiblemente horrible
porque es una muerte que se sigue viviendo conscientemente.
J. Cortázar

Flor Pucarina

Leonor Chávez Rojas la “Flor Pucarina” nació el 22 de setiembre de 1935 en Pucará, distrito a 18 kilómetros de Huancayo, y cruzó el débil hilo de la existencia el 5 de octubre de 1987. La muerte la convirtió en una leyenda, en “La sacerdotisa” del cantar wanka, en una diva que por más de 25 años ardió en una hoguera de tormentos y maldiciones, allí bajo la antigua carpa del Coliseo del Puente del Ejército, saturada de vapores mestizos. “Cuando me pierda cariño mío compra Correo, el vocero Huanca, para que sepas que por tu culpa se ha destrozado mi corazón…” “Flor Pucarina, expresión profunda del alma”- Revista Semblanzas-Edición N° 8- Diciembre 2012.

Por esos días, el sociólogo Rodrigo Montoya escribió ante la conmoción popular de migrantes de todo el país, asentados en la capital, que sólo había visto estas despedidas a la muerte de Lucha Reyes: “Flor Pucarina debe ser vista como una heroína popular, como una mujer que supo encarnar el sufrimiento, la amargura, las frustraciones, esperanzas y alegrías de los migrantes”.

Elevó a los cánones clásicos, temas como la muliza “Falsía” (con la que debutó en 1958, en el desaparecido Coliseo Nacional) y “Ayrampito” (sencillo que vendió un millón de copias). El premonitorio huayno “Mi Último Canto”, grabado meses antes de fallecer. Esta flor imponente de Pucará, falleció el lunes 5 de octubre, a las 11 de la mañana, en la cama 133 del hospital Rebagliati.

La cantautora wanka padecía un mal renal y estaba a la espera de una donación. Al enterarse de esta situación, en Huancayo se creó el Comité Cívico Pro Salud de la “Flor Pucarina”, abrieron una cuenta corriente y organizaron una telemaratón que recaudó 82 mil intis. En su lecho de muerte hizo jurar a sus allegados que la enterrarían en Lima. “En Huancayo no, porque allá voy a estar olvidada”, reclamó.

Ella hizo inmortales sus temas junto a orquestas como Los Alegres de Huancayo, Los Engreídos de Jauja, Los Rebeldes de Huancayo, etc. Le cantó a la madre, a la vida, al trencito macho huancavelicano, al caminito de Huancayo, etc., desde la visión del migrante andino.

“Flor Pucarina” no tenía un gran registro vocal y, sin embargo, se convirtió en una de las figuras más emblemáticas de la canción andina. Parte de su fama se debía al aura baudelaireana que habían construido en torno a la cantante: llegada en su infancia a la capital, desde su bucólica Pucará, distrito de Huancayo.

Entonces, ella representaba a la “serrana” sumergida en el infierno urbano que cantaba el desarraigo sufrido en carne propia. Uno de los aspectos más fascinantes de la personalidad musical de la Pucarina fue la manera cómo incorporó a su estilo: la sonoridad expresiva, contraria a una dicción “limpia”, ella casi masculla con angustia y dolor las palabras, dándole mayor expresividad a sus versos.

De modo semejante recurría a una entonación recitativa cuando improvisaba versos durante los intermedios instrumentales, sugiriendo entonces una embriaguez que enriquecía notablemente su interpretación. De esta manera ella convirtió en éxitos nacionales, temas del folklore wanka como “Airampito”, “Sola, siempre sola”, “Pichiusita” o “Golpes de la vida”. “Tú nomás tienes la culpa”, “Falsía”, y el huayno premonitorio “Mi último canto”, etc.

Antonio Muñoz Monge escribió: “Leonor Chávez Rojas, ‘Flor Pucarina’, es la más hermosa y dramática realidad que ha vivido y vive el Perú. Es el símbolo de millones de provincianos que llegaron a Lima en busca de algo mejor y lo encontraron en ellos mismos, en el terruño y la familia, que caminan ahora y siempre por las calles de la urbe afirmando a diario un destino mejor y un encuentro con un verdadero país”.

En cada uno de sus temas; pero fundamentalmente en su vida, ella fue la expresión de la búsqueda permanente de la “tierra prometida”; pero paradójicamente la conquista de los escenarios de éxito, fue estigmatizando el desarraigo o los viajes de retorno sin puertos de llegada, configurándose el síndrome del emigrante, cuyo personaje tipo lo encontramos en los poemas homéricos.

Ulises o también conocido como Odiseo, personaje de la “Ilíada” y protagonista de la “Odisea”, fue el rey de Ítaca; quien, tras participar en la guerra de Troya, comenzó su viaje de regreso a casa. El conocido “viaje de Ulises” en el que tuvo que hacer frente a múltiples dificultades y peligros, lejos de sus seres queridos, sin poder conseguir su “puerto” por espacio de 20 años: 10 de lucha y otros 10 de regreso Este héroe Griego, da nombre a la nueva patología psíquica del Siglo XXI  conocida como “El Síndrome de Ulises” o “Síndrome del emigrante con estrés crónico y múltiple”.

Este afecta la salud mental afectando tanto a inmigrantes que llegan solos, como a miembros de una familia. En este último caso, la situación se agrava por la inseguridad de la situación. Podemos citar como desencadenantes: la desorientación, la falta de comunicación con la comunidad o pueblo originario y una marcada tendencia a relacionarse con migrantes de su misma área cultural o “paisanos”, de su mismo idioma, por miedo a sentirse rechazados, lo que les lleva a aferrarse cada vez más a su cultura y dificultar su proceso de adaptación. La situación de desarraigo se agrava cuando la “tierra prometida” que ansiaban encontrar, llena de oportunidades donde prosperar y triunfar, no existe. Lo que esperaban encontrar, no es lo que encuentran. Su proyecto de futuro se ve truncado.
“Estoy muy triste en la vida,
malaya mi destino airampito” (Ayrampito)

 

“Entre los quinuales, entre los guindales
una palomita que alegre cantaba
ella no sabía, ni lo presentía
que iba a ser prisionera de falsos amigos” (Golpes de la vida)

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